Spring

Spring
Primavera en Mannheim, Alemania. Paisaje fotografiado y editado por mí.

domingo, 26 de julio de 2015

El Demonio de lo Sublime

Cuando la santidad se recrea en el pecado y la maldad en lo sublime.

Immaculate, Miles Aldridge.

Ya saben que el arte religioso clásico es uno de mis favoritos. Ya sea pintura, escultura, o cualquier otra representación artística, siempre termino absorta contemplándolo y descubro una y otra vez que verdaderamente lo disfruto. Sin embargo, admito y soy consciente de lo poco flexible que es, por lo que a cualquier otra persona podría llegar a parecerle “más de lo mismo”, o dicho de otra manera, una representación terriblemente encasillada sin recovecos para permitir la experimentación. La iglesia siempre ha gustado de jugar un rol absoluto y de sustentarse en dogmas o verdades absolutas. Así, la santidad está definida dentro de unos cánones de los cuales no es considerado correcto salirse. El bien, los ángeles, los santos, las representaciones de Dios, de su hijo, de la madre de este y de la sagrada familia, siempre cumplen con unas pautas bien definidas y de las que todos podemos dar testimonio. Aún con formas humanas, las figuras en las representaciones son lejanas a la humanidad. Rostros hermosos sumidos en una contemplación meditabunda que resalta su juventud y su beldad, cuerpos gráciles cubiertos vaporosamente por túnicas, gestos finos y delicados pero valerosos, amplias frentes coronadas por la luz de las aureolas, nada mundano, todo perfecto, limpio e inmaculado. Esta es la figura idealizada de la divinidad y la santidad, algo por cuya obtención los humanos, siendo impuros de espíritu por naturaleza, deben consagrar sus facultades más elevadas. Y en contraste, como para mostrar lo que le sucede a aquellos que se dejan seducir por propósitos más humanos y espiritualmente más degradantes, se presentan aquellas imágenes del mal que rayan en lo dantesco, en donde solo hay lugar para la degeneración, el sufrimiento y la fealdad. Al lado (o mejor dicho, debajo) de la gloriosa figura del arcángel miguel, con su fiera espada, su traje de batalla, sus rizos dorados al aire y su expresión de cumplimiento del deber, está la figura del más ilustre enemigo de la cristiandad: el diablo, un tipo de piel oscura, desnudo y poco agraciado que mira rabioso, frustrado e impotente a su verdugo.

¿Pero qué sucede cuando alguien, digamos un artista excepcional, rompe el canon y se atreve a ir un poco más allá y a “rebajar” la divinidad a un plano más humano o a elevar el mal a una esfera más divina? Dependiendo de su ejecución, el intento puede convertirse en una verdadera obra de arte o una propuesta realmente interesante capaz de desarmar incluso a aquellos acérrimos defensores y jueces de lo que es bueno y lo que no lo es.

Para esta ocasión traigo unos cuantos ejemplos de los dos escenarios, uno más contemporáneo que el otro, que despertaron mi admiración precisamente por salirse de lo definido y jugar con nuevas concepciones del bien y del mal. En primer lugar se encuentra la serie de fotografías titulada Immaculate (inmaculada) a cargo del fotógrafo británico Miles Aldridge. Aldridge es un fotógrafo de modas y ha crecido cerca de la celebridad. Su fotografía se distingue por presentar escenas de color explosivo y alucinante, que captan la atención del observador en un instante y tienen mucho del estilo pin-up. Sus heroínas son siempre mujeres sumergidas en escenarios de la vida cotidiana o en un entorno social, cuyos hermosos rasgos rayan en una perfección de muñeca. El momento capturado por la cámara siempre es el instante más dicente, una suerte de composición de cuento de hadas que es capaz de recrear una escena entera con un solo frame. La sensualidad, la feminidad y el erotismo son factores claves en la obra de Aldridge y sus mujeres están hechas para brillar. No obstante, no todo es glamour, o eso no haría al trabajo del fotógrafo diferente de las miles de propuestas fotográficas que se exponen por montones en las revistas de modas. No, lejos de expresar la gloria de la vanidad, estas pintorescas capturas esconden en sus abundantes detalles un diabillo que acecha, disfrazando de sueño colorido a la pesadilla. “Algo no está bien” es una de las primeras cosas que se nos pasan por la cabeza cuando contemplamos las series de Miles, y ese “algo” puede ser cualquier cosa: una expresión, una insinuación, un objeto o incluso algo más abstracto. Sea lo que sea, las imágenes glamurosas terminan siendo una crítica al glamour y a la perfección que se espera de las mujeres, al trato machista que se les prodiga, al encasillamiento en los roles que para ellas se han definido, a los estándares cuya realización es el objeto principal con el que son inculcadas, a la vanidad y al materialismo que vacían sus almas convirtiéndolas en objetos de contemplación para una sociedad que solo se cuida por las apariencias.


Inmaculada es una serie que explota la imagen divina a la cual deben aspirar las mujeres, impuesta por la misma iglesia, pero puesta en un plano completamente diferente. Muy posiblemente inspirado por el Éxtasis de Santa Teresa, del escultor y pintor del barroco Gian Lorenzo Bernini (en donde la santa, que se encuentra en un estado de éxtasis debido al don místico de la transverberación, bien parece que estuviera teniendo un orgasmo), Miles nos presenta a una virgen María muy salida del canon. Recuerdo la primera vez que la vi. Me encontraba en un viaje de esparcimiento en Ámsterdam, capital de los países bajos, cuando vi la fotografía de la virgen con el manto azul (la cual les comparto un poco más abajo en esta entrada) en la estación central de trenes. Entonces me llamó muchísimo la atención, aunque en su momento creí que era alguna fotografía bizarra de algún diseñador que iba a presentar un desfile y, en parte por los afanes del viaje, no le conferí mayor importancia (de lo cual me arrepiento profundamente, porque me tomó más de dos años encontrar la serie y conocer a su autor). Lo que sí recuerdo claramente es el comentario de una de las compañeras que me acompañaban en ese entonces y que también reparó en la fotografía: “esa vieja está en las drogas”.


Y tenía razón. Entre las impresiones que despierta la virgen María de Aldridge puede contarse que está drogada, que está teniendo un orgasmo, que no puede respirar del dolor debido a una pena o que acaba de morir ahogada en un estanque y ha regresado como un espectro de entre los muertos. La piel enfermizamente pálida, los ojos enrojecidos y pesados como de quien padece una fiebre, el cabello húmedo, la expresión de quien se desvanece, así lo insinúan. Sabemos que es la virgen porque, más allá del título de la obra, los elementos clásicos como la túnica, la aureola y el manto así lo constatan, pero también coincidimos en que de inmaculada poco tiene, a pesar de la apariencia irreal de la modelo. 


Aldridge ha sabido cómo jugar con expresiones y sensaciones de lo más humanas y combinarlas, por medio de una composición visual fundamentada en los detalles, con toques divinos, que resaltan la belleza no por su perfección, sino por su juego mortal con el placer y el dolor.

El trabajo de este fotógrafo me parece altamente interesante y les recomiendo que se den la oportunidad de apreciar otros exponentes de él, como lo es una de sus últimas series titulada “I Only Want You to Love Me” (sólo quiero que me ames), la cual es, bajo mi humilde opinión, una muestra representativa de lo que su arte es. Como lugar de partida considero que su página oficial es un buen punto. La pueden visitar en la siguiente dirección:


Immaculate, Miles Aldridge.

Hasta allí respecto al punto de la divinidad humanizada. Ahora vamos al otro. En 1837 el artista belga Guillaume Geefs fue comisionado por la administración de la catedral de San Pablo en Lièje, Bélgica, para diseñar el elaborado púlpito de la misma. El tema era “el triunfo de la religión sobre el genio del mal”, por lo que por un lado del púlpito debían de haber estatuas representando a los santos Pedro, Pablo, Hubert (obispo de Lièje) y Lambert de Maastricht, y por el otro, cerca de la base de las escaleras, una escultura de la imagen por excelencia de la traición y del mal para la religión católica: el ángel caído. Sin embargo, fue el hermano menor de Guillaume, Joseph Geefs, quien ganó la comisión para representar al señor del mal. La escultura, titulada L’ange du Mal (el ángel del mal), fue completada en 1842 e instalada en 1843.

Grande y no muy agradable fue la sorpresa de los clérigos al descubrir que el rey de los caídos, Satanás, símbolo de lo profano, malvado y poco virtuoso, no causaba miedo o repulsión, como era la idea original (aquella de exaltar a los santos a un lado del púlpito aún más por el hecho de que al otro se encontraba un ser castigado por haberse desviado del camino del bien), sino más bien admiración. Y es que Joseph, siguiendo esa tendencia del romanticismo de ver en Lucifer a un héroe trágico al puro estilo de Prometeo, presenta a un jovencito hermoso y melancólico, enmarcado por unas alas de quiróptero y con una serpiente a sus pies (los únicos elementos satánicos del cuadro entero) que, lejos de generar rechazo, enmarcan la fragilidad de un cuerpo muy humano. “Este diablo es demasiado sublime”, declaró la administración de la catedral. “El trabajo está distrayendo a las bonitas señoritas penitentes que deberían estar escuchando el sermón”, insinuó la prensa local. Y es que, tal y como es costumbre en las esculturas de Joseph, el trabajo llama la atención por su perfección de acabado y la gracia, elegancia y poesía de sus líneas. De “Adonis alado” a “diablo enfermizo”, “lánguido y gentil”, las críticas, tanto positivas como negativas, no se hicieron esperar, centrando todas las miradas en el ángel del mal.

L'ange du Mal, Joseph Geefs, 1842.

El agregado de todos estos factores llevó a que finalmente la escultura fuera retirada por orden del obispo van Bommel y que la comisión fuera pasada al hermano mayor de Joseph, Guillaume Geefs, cuyo trabajo Le Génie du Mal (el genio del mal), también conocido informalmente como El Lucifer de Liège, fue instalado permanentemente en 1848. Guillaume intentó cubrir los flancos por los cuales habían atacado a la obra de su hermano, sin salirse completamente, sin embargo, de esa línea romántica.

El Lucifer de Guillaume es mucho más masculino, muestra menos carne que el de Joseph y presenta una posición menos sensual, además de más elementos y símbolos satánicos, de manera que el conjunto pierde ligeramente la humanidad. La expresión del ángel cambia de una de serena fiereza (en la obra de Joseph) a una de dolor y desesperación, revelada por un rostro compungido y por una única lágrima que brota del ojo izquierdo de la estatua. El brazo derecho de la misma guía nuestra atención hacia los diminutos cuernos que se insinúan en  su cabeza, las alas de quiróptero se conservan, mientras que otros detalles como los grilletes alrededor de su pierna derecha y muñeca izquierda, la fruta prohibida mordida, las diminutas garras en las uñas de los dedos de sus pies, el cetro quebrado con una estrella en su punta y la corona desgastada en su mano (que lo definen como el ex lucero de la madrugada), son adicionados para reforzar la iconografía católica y representar el verdadero castigo, padecimiento y esclavitud del antagonista de Dios. El trabajo, sin embargo, no deja con esto de tener una belleza y un atractivo que crean en el observador una cierta simpatía con la víctima de todo ese sufrimiento.

Le Génie du Mal, Guillaume Geefs, 1848.

Todas estas obras, tanto las de Aldridge como la de los hermanos Geefs, exploran nuevas dimensiones de los preceptos establecidos, en este caso por la religión, y presentan, de una manera muy profesional y artísticamente muy atractiva, la otra cara de la moneda. Tal vez sea por ello que obras como estas llaman la atención, pues como humanos, sentimos afinidad por las cosas que se acercan a nuestra naturaleza. Y aunque esa atención, esa simpatía, pueda venir oculta por el rechazo y la indignación, quedará grabada en nuestros pensamientos, llevándonos a descubrir que nos cuesta dejar de pensar y volver una y otra vez sobre aquello que, por reglas preestablecidas, se sale de nuestros cánones.

Paso a compartirles mi poema Arcano y una canción del proyecto Luciferian Light Orchestra titulada Dante and Diabaulus.

Arcano

Nunca me ofrendaste con ninguna de tus gracias
y nunca tuve la entereza de pedirte que lo hicieras.

Asistí a tus ceremoniales
y vestí la túnica de Neptuno,
mientras mis manos acariciaban
los bordes inconclusos de las estrellas.

Dancé al ritmo de tus reverberaciones
y crecí dentro de los límites de lo imposible,
pero nunca probé el vino que se asentaba
en la profundidad sobria de tu copa de plata.

¿Qué palabras podrían alivianar tu espíritu?
¿Qué guerra o qué victoria podrán apaciguarte?

No basta con caer y con forjar una corona con la sangre en tus rodillas.
No basta con sufrir nuestros placeres,
ni con sentir que con cada paso dado
el destino nos conjuga una nueva prueba.

Tu celador jamás se mostrará más implacable.

Pero es ahora, en este instante de silencio
tergiversado por el fuego mudo de tus ojos,
cuando dominas el honor de mostrarte como eres.
Cuando alivianas la palma y rediseñas
cada una de las líneas de tu mano.

Parado sobre tus ambiciones y levantando
el peso de tus autoproclamados designios
aprendiste a trascender de lo mortal y lo divino. 

Eres de Dios el arcano más oscuro.
_______________________________
Estefanía Figueroa Buitrago 


Muchas gracias por leer. Espero sus comentarios. Si tienen ideas sobre alguna entrada o algún tema que les gustaría discutir, estoy abierta a sugerencias.

PD: ¿Soy yo o estas entradas están cada vez más largas? ¡Prometo controlarme para la próxima! :p.

domingo, 14 de junio de 2015

Premier Deuil

"Que la Muerte en la altura, como un sol nunca visto,
haga abrirse las flores que contiene el cerebro."
- La Muerte de los Artistas. Las Flores del Mal, Charles Baudelaire.

La Profezia, Roberto Ferri.

"Poseeremos lechos colmados de aromas
y, como sepulcros, divanes hondísimos
e insólitas flores sobre las consolas
que estallaron, nuestras, en cielos más cálidos.

Avivando al límite postreros ardores
serán dos antorchas ambos corazones
que, indistintas luces, se reflejarán
en nuestras dos almas, un día gemelas.

Y, en fin, una tarde rosa y azul místico,
intercambiaremos un solo relámpago
igual a un sollozo grávido de adioses.

Y más tarde, un Ángel, entreabriendo puertas
vendrá a reanimar, fiel y jubiloso,
los turbios espejos y las muertas llamas."

La Muerte de los Amantes.
Las Flores del Mal,
Charles Baudeliere

Hace unas semanas que vengo estructurando lo que sería la entrada que iba a celebrar el cumpleaños de mi blog. Porque sí, aún para mi sorpresa, el 14 de Junio este proyecto que inicié con mucha ilusión y con muchas ganas está cumpliendo un año. No ha sido siempre fácil sacar el tiempo, y muchas veces (la mayoría) las ideas. Pero aquí estoy, celebrando 14 publicaciones y esperando que a este año se le sume otro y otro y que mi poesía algún día logre siquiera llegarle a los talones a la de los grandes maestros.

Para esta entrada quería hacer algo especial o hablar de algo por lo que sintiera una gran pasión, de manera que preparé un temilla místico sobre el Sello de la Verdad de Dios. Estaba ya decidida con este tema cuando un día en la universidad se me acerca alguien y me dice: “¿te puedo pedir un favor?”, yo le dije “claro”, y para entonces ya me esperaba algo de alguna forma relacionado con la academia. “¿Puedes hacer una entrada sobre tu percepción de la muerte?”. Si me tomó dos segundos para convencerme que era un gran tema fue mucho. Pero la decisión de aplazar la otra entrada y publicar esta la tomé un poco después, cuando empecé a estructurarla y me di cuenta que este era el tema que estaba buscando para cerrar el ciclo de un año e iniciar el nuevo.

Así que ya lo saben. Esta vez voy a permitirme compartirles mi perspectiva y la de otros artistas que lo han expresado por medio de palabras, imágenes o música, sobre aquel tema capital conocido como la Muerte. Para algunos es una parte tan fundamental de la existencia como la misma vida, para otros es un tabú que debe evitarse con el fin de evadir la desgracia, pero para todos, sea cual sea nuestra concepción, es un tema que se ha ganado por lo menos un par de reflexiones en algún momento de nuestra vida. Pues bien, para quien se esté preguntando porqué alguien celebraría el cumpleaños de algo hablando sobre la muerte le puedo preguntar de regreso “¿por qué no?”. La Muerte, para empezar, nunca ha tenido un significado negativo para mí. No es algo a lo que se le deba temer, no es algo que nos deba tener pensando en el qué será, ni mucho menos es un final. Si observamos a la naturaleza, desde sus formas más simples a las intrincadas estructuras del universo, podremos notar sin mayor esfuerzo que todo cambia y evoluciona. Las cosas tienen sus ciclos, nada permanece estacionario. El cambio es necesario para que la naturaleza se recree en sí misma y alcance nuevos estados.

Todo, los animales, las plantas, las estrellas, mueren. ¿Por qué escoger ver en esto un mensaje fatalista del fin que nos espera a todos y no escoger en cambio ver la trascendencia y la naturalidad que se esconde detrás de un proceso que, como mínimo, se encarga de producir nueva vida? ¿por qué le huimos al cambio cuando el cambio mismo lleva a la adaptación y al perfeccionamiento de las especies? ¿por qué decidimos ser enterrados en cajas de madera, maquillados, empolvados y vestidos, con pertenencias materiales, cuando en realidad deberíamos volver al seno de la tierra desnudos y limpios tal como fue cuando vinimos al mundo? Ser enterrados en la tierra y ser fuente de nueva vida es algo más natural. Si el cuerpo material es algo perecedero, entonces ¿por qué no entregarlo finalmente al servicio de la vida y no al de la simple tradición?

Claro que aún queda ese tema que se interna en el terreno de lo desconocido y al cual nadie tiene una respuesta. Y tiene que ver con la conciencia y con el miedo mismo que origina la muerte: ¿dejamos de existir cuando morimos?

Sobre decir que a partir de aquí es pura especulación y mera opinión mía y que respeto muchísimo la diversidad de puntos de vista, pero para alguien que vive admirada de la perfección del universo, es simplemente imposible no creer en la trascendencia de la conciencia, por llamarlo de alguna manera. Hace mucho tiempo que empecé a pensar que en materia de imaginación los humanos nos quedamos cortos. Nos quedamos cortos cuando concebimos creencias, religiones y tradiciones meramente antropocentristas. Nos creímos concebidos a imagen de un dios y empezamos a mirar por encima del hombro a las otras especies. Nos olvidamos que no somos más que un punto diminuto en medio de un universo vastísimo que existe alrededor y dentro de nosotros. Todos, por más insignificantes que seamos en comparación al gran lienzo universal somos una parte de él, somos una parte de un todo caótico que en medio de su caos es perfecto.

La energía no se destruye, se transforma, y dicha transformación es posible gracias al cambio, a aquella fuerza que desencadena un suceso en otro. La conciencia individual es algo que todos reconocemos, porque es algo que experimentamos diariamente, pero, si algo como la conciencia individual existe ¿Por qué no existiría una conciencia global, digamos una conciencia como especie? Claro que a la raza humana le falta en este aspecto “mucho pelo para moño”, como diría mi señora madre. Protegemos, luchamos, soportamos y sufrimos, pero sólo por ese cerradísimo grupo de personas extremadamente cercanas a nosotros. No nos preocupamos realmente por aquellos a quienes no conocemos. Es más, ni siquiera nos preocupamos por nuestra descendencia y la clase de planeta que le vamos a entregar a nuestras generaciones futuras. Siendo parte de una misma raza nos tratamos como enemigos, distanciados unos de otros por las más pequeñas diferencias, llámense color de piel, sexo, orientación sexual, religión o cultura.

No obstante, y a pesar de esto, sigo creyendo que existe una conciencia, muy débil aún, que conecta a cada persona sobre la tierra. Otra conciencia más grande que involucra a todos los seres vivos en este planeta. Y finalmente, una conciencia universal que unifica a todas las cosas y a toda la energía del universo. Cuando pienso en eso me siento capaz de mejorar cada vez un poco más y de sentirme en cierto modo orgullosa por ser una parte del todo que me sorprende siempre con cada cosa nueva que aprendo. Para ser parte de ese todo de una manera más integral y menos destructiva, necesitamos alcanzar nuevos niveles de conciencia por medio del perfeccionamiento como personas que podamos tener en vida y de ese salto desconocido que es la muerte y que nos llevará, quizá, a nuevos niveles evolutivos.

Hasta allí con mis creencias. Llegados a este punto es muy posible que mis lectores crean que estoy medio loca y que nada de lo que digo tiene lógica o fundamento, lo que en parte es verdad. El otro lado será un misterio que sólo nos será revelado el día mismo de nuestra muerte. Hasta entonces, deberíamos vivir la vida en paz y con intensidad y no olvidarnos jamás que somos uno con la naturaleza y que a ella le debemos respeto y protección.

Por cierto, para quien le haya causado curiosidad el título de la entrada, se trata del nombre de la pintura de William-Adolphe Bouguereau, traducida al español como “el Despertar de la Tristeza” y al inglés como “the First Mourning” (el primer luto). La obra presenta el momento en que Adam y Eva encuentran el cuerpo inerte de Abel, tras ser asesinado por su hermano Cain. Este suceso es la primera muerte humana a la que se hace mención en la biblia.

Y como acostumbro a hacer, les comparto mi escrito titulado Proserpina, que rompió record de longitud en comparación a lo que normalmente publico.

 Premier Deuil, William-Adolphe Bouguereau, 1888.

Proserpina

Aquel  era un reino frío, oscuro y solitario.

En sus grandes salones, con paredes negras y lustrosas,
como levantadas de aquel mismísimo suelo,
no retumbaba nada que no fuera un silencio
más espeso que la sangre de los hombres.
Ecos ocasionales, traídos por brisas, cuyos
orígenes me eran completamente desconocidos,
eran toda la pompa que decoraba aquella
fortaleza  taciturna, nacida como de las entrañas
de la piedra.

Cada vez que mis ojos  aleteaban febril, desesperadamente,
sobre cada espacio y superficie en un intento
irreflexivo por encontrar la grieta que me llevaría
a la superficie, cada vez que mis ojos, como dos
girasoles en busca del mañana, se topaban con
negro sobre negro y sombra sobre sombra,
podía sentir las garras del miedo aferrarse
con mayor propiedad al blanco grácil de mi
cuello.

Y allí, en medio de aquel terror eclipsado y solitario,
estaba él. Alto como una columna helénica,
sereno como posos vírgenes de agua oscura,
absoluto, seguro y silencioso como la muerte.
¡Oh, mi señor! En ti nunca encontré la suntuosidad,
la opulencia, ni la vanidad que se enredaban
como frutos propios en torno al cuerpo de los
otros dioses. No alegabas nada, porque tus
reclamos eran los únicos que no podían ser negados.
No conjurabas guerras en nombre de nada ni
de nadie, pues tus conquistas eran innegables,
tu mandato absoluto y tu reino inexpugnable.

Y sus ojos ¡ah, sus ojos! Eran un abismo
para despeñarse. Un lago gélido y sin fondo
en el que no podía reflejarme, pero que me llamaba,
casi humildemente, para que me sumergiera en aquellas
negras e inexploradas aguas y lavara de mi cuerpo
el olor, la textura y el sabor que la superficie había
acuñado en cada pliegue de mi alma.

Rara vez me dirigía la palabra, nunca apaciguaba
mis temores. ¿Era yo acaso nada más que otra alma
perdida y quejumbrosa implorando volver a la vida?
¿no podía aferrarme pues a ninguno de sus favores?
Sentía, con ferviente desesperación, que al pasar
mis horas al lado de aquella estatua  sólo terminaría
convirtiéndome en una. Que con cada día se me arrebataba
incluso el derecho de gozar del miedo. Y entonces, casi dichosa,
le daba la bienvenida a las lágrimas, como prueba de que
aún podía sentir y de que mi interior era salado y tibio.

Más de repente, cuando yo estaba sumergida en un
estupor sin fin ni comienzo, dos palabras suyas eran
capaces de devolverme a la realidad. Nunca hablaba
de trivialidades, eso se lo delegaba al silencio, de manera
que cuando decidía tejer, como una complejísima
filigrana, un pensamiento nacido de su reposada cabeza
y otorgarle un camino de salida de la cueva de su boca,
yo no tenía más opciones que dedicar toda mi atención
a cada uno de sus sonidos. Me sorprendía inclinándome
hacia adelante, como queriéndome beber cada una
de sus sílabas y cada matiz de sus palabras, como
deseando escapar del silencio que acechaba tras
cada una de sus pausas.

Cada fibra de mi cuerpo deseaba, con el ardor con
el que un joven amante desea el cuerpo de su prometida,
alejarme de él y de sus lóbregos confines. Yo era la vida
misma y la vida de la superficie me llamaba. Cada segundo
 que pasaba en aquel reino era un tajo despiadado en el
cuello de la madre tierra y era un instante en el cual yo cedía
un poco más del calor de mi ser al frío tosco del inframundo.
Pensaba en mi madre, en cómo sufriría mi pérdida, en la
manera en que estaría sentada sobre su confusión y en que,
tal vez, nadie nunca, excepto la muerte, vendría a reclamarme.

Empezaba a declinar como una estrella que se enfría,
cuando un rayo de sol logró abrirse camino hasta mí
a través de todo aquel terciopelo negro.  ¡Alguien venía
a rescatarme! ¡alguien venía a arrebatarme de las garras
frías de la muerte y a devolverme al candor de la vida!
¡oh, divino instante en el que mis ojos volvieron a encenderse
con la profundidad del cielo estival, en el que a mis mejillas
retornó el virginal rubor de las recatadas doncellas que
chapotean secretamente en las fuentes de un arroyo,
en el que mis labios nuevamente se hincharon bajo las
mieles del amor juvenil y cándido, en el que mi cabello
hurtó del sol sus rayos y se decoró con las luminarias
de los ritos y festivales más desbocados de los hombres!
La vida me tendía sus manos de diosa y me acariciaba
las mejillas, susurrándome al oído una sinfonía
de flautas, de campos cosechados y frutos maduros a
reventar. Yo estaba tan embriagada de placer, tan gustosa
de  felicidad y tan sumergida en la euforia que no pude
encontrar menos que milagroso el hecho de que en
aquel yermo solitario existiera  algo tan voluptuoso
como la granada y decidí regalarle mi último y único
favor a aquel dios terrible, aceptando seis semillas
en mi lengua.

¡Oh, juventud ingenua que tan desbocadamente te
apresuras en tu carrera hacia la tumba! ¡tenías la
libertad al alcance y escogiste las cadenas! Mi pecho
se agitaba en remolinos violentos, en mis oídos,
tan largamente acostumbrados a los susurros,
estallaba el llanto de mi madre y tronaban las voces
presurosas de los otros dioses, mi rostro ardía,
sin que yo supiera si eran las lágrimas, la alegría o
la desesperación lo que lo calentaba. ¿Debía regresar?
¿había probado sólo unos segundos de vida  para
tener que volver por la muerte reclamada? Ahora
entendía mejor el peso que se asentaba sobre el
corazón de los mortales, la seguridad de escapar
hacia el fin del mundo y aun así tener siempre al celador funesto
pisando los talones. ¡Oh, desgraciada trampa, oh, ingenua
de mí! ¡siempre lo supiste! La muerte no devuelve
lo que ya ha conquistado ¡y nada, ni nadie, ni hombre,
ni dios, ni poder alguno sobre esta tierra o las otras,
puede imponerse sobre la voluntad del inframundo!

Mi madre estaba furiosa. Su lengua era un látigo
dispuesto a condenar a todos los hombres a morir de
hambruna, una guadaña que arrancaba del seno mismo
de la tierra las semillas y raíces y a su paso dejaba todo
frío y estéril.  ¿Si no estaba yo, la flor más rara y exquisita,
para decorar los campos y praderas, para qué adornar
la tierra y para qué ofrendar a los hombres con sus frutos?
El gran dios del Olimpo no podía permitir la índole de esta
calamidad, de modo que la discusión siguió elevándose hasta
alcanzar el fragor de una guerra que sacudía los cimientos
mismos de los pilares del universo. Yo ya estaba fuera del
alcance de las manos doradas de la salvación y el sufrimiento
estaba por siempre escrito en la belleza de mi rostro.

Ellos, los faustos y solemnes dioses llegaron a un acuerdo.
Que yo moraría seis meses en la superficie y sería el
alma misma de la fertilidad en la tierra. Los hombres
esperarían mi regreso deseosos, apiñados en torno a
una hoguera, y cantarían bajo cielos crepusculares derramando
el vino y saboreando los frutos cuando desde las profundidades
yo emergiera. Los otros seis meses debían ser invertidos
al lado de aquel que ahora se había convertido en mi
esposo, y con ellos llegaría el aterido invierno, arrastrando
sus pasos decadentes bajo cuyo peso todas las cosechas
expirarían como incensarios al aire el último aliento de
sus dulzuras.

En contra de mis creencias, mis primeros seis meses en
la superficie, bajo las caricias pródigas de mi madre,
lograron devolverme un generoso puñado de mi felicidad
perdida. Volvía a ser capaz de danzar por las praderas y de
reír con mis pies descalzos y mis cabellos enredados a la
merced del viento. Las flores inclinaban sus largos tallos,
como cuellos, y escuchaban gozosas las tonalidades de
mi canto.

Después el inframundo me recibió con una bocanada gélida
que me arrebató el aliento en vapores silenciosos exhalados
por mi boca y me besó las mejillas con sus labios ateridos.
Aun así pude entonces  mantener la compostura
para permanecer al lado de mi señor en aquellas largas
horas contemplativas, alimentada por la idea de que cada
segundo que pasaba, era un segundo que me acercaba más al
momento de mi salida, cuando me reuniría con mi madre
y con las alborozadas y joviales celebraciones en el exterior.

El caudal del tiempo empezó a fluir como un río y mis
idas y venidas se ataron en una rueda del destino que
giraba y no podía detenerse. Una llevaba a la otra. Los
hombres, la naturalezas y los dioses mismos entraron
a formar parte de ese ciclo de abundancia y escasez
que se repetía indefinidamente. Los años pasaron, uno
tras de otro, y algo en mi interior empezó a modificarse,
primero inadvertido, luego más patente, hasta que finalmente
fui consciente del cambio que se efectuaba con cada temporada,
profundo dentro de mi alma. Empecé a desear que mi
tiempo en el inframundo no transcurriera con tanta rapidez.
En medio de las algarabías y los jolgorios, de las risas
estruendosamente desenfadadas y de las conversaciones
alegres y superficiales, yo deseaba los silencios de aquel rey,
 su serenidad, aquella superficie de agua profunda e imperturbable ,
aquellas conversaciones esporádicas cargadas de un misterio
que quedaba suspendido en el aire hasta mi próxima llegada.

Después de seis meses desenfrenados, de aromas extravagantes
y rayos profusos tostando mi piel, mi estadía en el inframundo
se presentaba como la oportunidad de descargar mis sentidos y de
apaciguar mi alma con el quedo susurro de sus ríos interiores.
Aprendí a apreciar la sinfonía del silencio, más hermosa y sutil
que cualquier otra música que los viajeros y flautistas me hubiesen
presentado. Crecía constantemente, se enroscaba sobre sí,
 se reconfiguraba una y otra vez y se expandía por entre las estrellas.
Cada instrumento se encontraba en armonía dentro del silencio
y así, también lo estaba mi alma.

La muerte me reveló una belleza innata en la vida que nunca
antes había experimentado. Una melancolía y una promesa del
mañana en la fragilidad y sencillez de los gestos más humanos,
en la valentía de enfrentarse a la vida cuando la única recompensa
posible al final del camino era la muerte. La belleza nunca fue
más exaltada por mis ojos. Ya no era la chiquilla que saltaba
loca de alegrías pasajeras bajo cielos despejados y que corría
a refugiarse en los brazos de su madre cuando el cielo se tornaba
negro y amenazador. Era la mujer que saboreaba pausadamente
tanto la calma como la tormenta, el trino de las aves y el estruendo
del trueno y el relámpago, la risa desbocada y el llanto de los hombres.

Dejé de pensar en la vida como algo ajeno a la muerte,
dejé de pensar en la muerte como el castigo absoluto
que creía que era. Sólo entonces su reino, mi reino, se reveló
como un paraje cuya belleza no necesitaba engalanarse para
mostrarse atrayente, al igual que mi rey. Su boca y su cuerpo
dejaron de sentirse gélidos bajo el roce de mis labios y mis
dedos, su voz se convirtió en el único bálsamo necesario
y digno de mezclarse con las elegías de los muertos. Y yo fui
el puente que llevaba muerte a la vida y vida a la muerte,
el acontecimiento más natural ocurrido en una era dominada
por las leyendas. El fruto de los vivos y la reina de los muertos.
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Estefanía Figueroa Buitrago 

La historia de Perséfone es una de mis favoritas y, como ha sido contada de muchas formas diferentes, yo también me tomé la licencia de escribir mi propia versión. Además, en el fondo me gustan los finales felices, y como Hades es mi dios favorito de toda la mitología griega y creo que poco comprendido por los señores de Hollywood, que hacen un derroche de imaginación al representarlo siempre de villano, pues decidí que le daría otro enfoque y terminaría la historia con un hilito de esperanza.

Finalmente quiero cerrar con Lacrimosa, uno de los catorce movimientos de la obra maestra Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart.



Gracias para todos los que en este año han sido asiduos a mi blog y que, aunque no me escriban, siempre están pendientes de las actualizaciones. A ver si se animan a comentar, me encantan sus opiniones. También mis felicitaciones para todos los que hayan llegado a este punto. Reconozco que esta entrada estuvo ligeramente más larga que las otras, pero sólo porque es una ocasión especial.

Un fuerte abrazo y feliz inicio de semana.

lunes, 18 de mayo de 2015

Los Ojos del Doctor T. J. Eckleburg

"«Dios sabe lo que has hecho; todo... A mí puedes engañarme... A Dios, no.»
Michaelis, que estaba detrás, se dio cuenta, presa de profundo asombro, que Wilson miraba fijamente las pupilas del doctor T. J. Eckleburg, que acababan de surgir, pálidas y enormes, de la noche que se acababa.
- ¡Dios lo ve todo!" 
- El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald


Desde que inicié el blog he intentado seguir la costumbre de, adicional al escrito, complementar con algo más la entrada. Ese algo más puede ser mis impresiones frente a una obra, una historia o la presentación de un artista. Como sea, ese ejercicio me ha permitido conocer nuevas cosas y aprender más de lo que ya conocía.

Con esta entrada tuve mi frecuente problema de la falta de inspiración. Varias veces me dije que era hora de hacer algo nuevo, pero cuando me sentaba a escribir no se me ocurría absolutamente nada. Claro que tenía unos cuantos escritos guardados por allí, pero el escrito como tal ya no representa una entrada completa para mí.

Justo en las entradas anteriores les acababa de hablar de pintores y de los libros que me había leído, así que estaba en blanco. “¿Y por qué no le dedicas esta entrada al gran Gatsby, si te estás leyendo ese libro?” Me preguntó un buen amigo, “Porque apenas me lo empecé a leer”, le dije (y porque entonces no sabía si el libro en cuestión me fuera a traer la inspiración perdida). Pues bien, la idea me quedó sonando y me dije que si el libro conseguía moverme, entonces dedicaría la siguiente entrada a la novela de 1925 del escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald, considerada como uno de los clásicos del siglo pasado.

La cosa con el libro empezó medio extraña. Me parecía que la manera de narrar la historia por parte del autor era en cierta forma peculiar. Han de saber, si no lo han leído, que todo se narra en primera persona y desde el punto de vista Nick Carraway, el recién mudado vecino del enigmático millonario Jay Gatsby. Bueno, eso no era lo extraño. Lo que a mí no me acababa de convencer era la aparente falta de consistencia en los diálogos. Las escenas se sucedían rápidamente (después de todo el libro no es largo) y los diálogos, incluso en una misma escena, brincaban de tema en tema sin aparente transición o relación. Los pensamientos de un personaje parecían estar aquí en un segundo y al siguiente estar allá. En ese momento, es decir, al principio del libro, no había notado que precisamente aquello era a propósito. Una elegante y disimulada forma de reflejar la superficialidad y la decadencia de la sociedad estadounidense a principio de los años 20, justo después de la primera guerra mundial.

De hecho, el libro maneja un amplio simbolismo y, como no planeo hacer un ensayo de la obra completa, les hablaré de aquel símbolo que me llamó más la atención y que le da el título a esta entrada: los ojos del doctor T. J. Eckleburg. El valle de ceniza, uno de los escenarios que maneja el libro, es un paraje desolado, olvidado, lleno de tierra grisácea, en donde viven algunos desamparados. El valle, por el que siempre hay que pasar para dirigirse a Nueva York desde la voluptuosa Long Island (en donde viven los protagonistas), se presenta como un contraste al exceso, la riqueza y la abundancia material en medio de los cuales se mueven los protagonistas del libro. En medio de este vertedero industrial se levanta un cartel gigantesco con dos grandes ojos enmarcados por unos lentes, publicidad del oculista de Queens, el doctor Eckleburg.

Ya desde el principio los ojos se insinúan como la representación de Dios, que todo lo ve y presencia la corrupción y la desigualdad en la sociedad, así como el egoísmo y la deshonestidad del hombre. Los ojos son mencionados en varias escenas: Cuando se describe el valle de cenizas, cuando uno de los personajes presenta a su amante a Nick o cuando ocurre el terrible asesinato que desata la catástrofe final. Todas ellas escenas en donde alguien se encuentra obrando mal y el doctor Eckleburg está allí, en medio de los desechos, con sus inmutables, grandes y pálidos ojos. Ya hacia el final del libro se hace más claro el hecho de que efectivamente era a Dios a quien nos recordaba aquel anuncio, he incluso,  llegamos a sentirnos observados…

El gran Gatsby es un libro que recomiendo ampliamente y Jay Gatsby es uno de los personajes más melancólicos y trágicos que he conocido. Como representación del ciudadano estadounidense en su persecución del famoso “sueño americano”, vemos como es levantado, aclamado y finalmente destruido y olvidado por una sociedad cuyos efímeros intereses y superficiales sueños son excusa más que suficiente para aplastar los propósitos de los demás y pasar sobre sus cabezas. Una sociedad en donde la abundancia lleva al exceso y el exceso a la corrupción. Si no lo han leído no puedo hacer más que animarlos de corazón a que lo hagan, o por lo menos, si están peleados con los libros, que vean la película y me comenten qué tal les pareció y si Gatsby, igual que a mí, les robó y aplastó el corazón de tal manera, que al final no pudieron hacer más que sentir simpatía con Nick y desprecio para con los demás personajes.

Ya cambiando de tema y como de costumbre, les comparto uno de mis escritos y la canción Beale Street Blues de Louis Armstrong para ambientar un poco.

Supernova

Como una estrella,
una de las más llamativas que ha sido invitada a morar
en el templo de terciopelo que es la boca del cielo nocturno,
me alimento y me mantengo en pie gracias a mis más violentas reacciones.
Mi brillo y mi calidez nunca hubieran existido sin el embate
de fuerzas más poderosas que yo, que batallarán tanto como yo viva,
en un equilibro entre lo que busca mantenerme de una pieza y aquello que quiere despedazarme.
Mi núcleo más fundamental es el caos mismo de las reacciones nucleares,
mi corazón estalla, arde, se contrae, escupe furias o bendiciones,
pero jamás se queda quieto, y así, solo así,
yo brillo, deslumbro o amparo bajo mi ala tibia a otros seres más fríos.
Así como una estrella,
sólo puedo pretender fascinarte bajo la luz indicada.
En el día soy invisible,
en la noche no habrá otro elemento en el que te plazca más posar los ojos;
en los días cálidos mi presencia se tornará demasiado imponente,
en los fríos querrás probar un poco de mis luminarias para calentar tu alma.
Lo que en la juventud me impulsa será lo que en la vejez me haga más débil.
Dejaré que sea, así como se ha decidido,
pero si he de morir por mis propias revoluciones,
no me extinguiré blanca y fría en algún lugar olvidado del universo,
seré la supernova que encantará a todas las regiones del firmamento,
la estrella más brillante, el centro mismo del enigma, la teoría del todo,  la cuna de polvo cósmico
de cuyo tributo se levantará una generación futura de guerras y deseos.
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Estefanía Figueroa Buitrago 


Agradezco sus comentarios, opiniones y críticas. Gracias también a los que, a pesar de no escribir nada por acá, siempre me hablan por otro lado para hacerme saber que extrañan las cosas que escribo :). Un abrazo para todos.